"La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio" (EN 21).
"¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Cor 9, 16).
El Espíritu mueve al grupo de los creyentes a "hacer comunidad", a ser Iglesia. (RMi 26).
La Iglesia es misionera por su propia naturaleza, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia.(RMi 62)
La espiritualidad misionera se caracteriza, además, por la caridad apostólica; la de Cristo que vino "para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52); Cristo, Buen Pastor que conoce sus ovejas, las busca y ofrece su vida por ellas (cfr Jn 10). Quien tiene espíritu misionero siente el ardor de Cristo por las almas y ama a la Iglesia, como Cristo.
El misionero se mueve a impulsos del "celo por las almas", que se inspira en la caridad misma de Cristo y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente. El amor de Jesús es muy profundo: él, que "conocía lo que hay en el hombre" (Jn 2, 25), amaba a todos ofreciéndoles la redención, y sufría cuando ésta era rechazada. El misionero es el hombre de la caridad: para poder anunciar a todo hombre que es amado por Dios y que él mismo puede amar, debe dar testimonio de caridad para con todos, gastando la vida por el prójimo. El misionero es el "hermano universal"; lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos y a todos los hombres, particularmente a los más pequeños y pobres. En cuanto tal, supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideologia: es signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia. Por último, lo mismo que Cristo, él debe amar a la Iglesia: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef 5, 25). Este amor, hasta dar la vida, es para el misionero un punto de referencia. Sólo un amor profundo por la Iglesia puede sostener el celo del misionero; su preocupación cotidiana -como dice San Pablo- es "la solicitud por todas las Iglesias" (2 Cor 11, 28). Para todo misionero y toda comunidad "la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia". (RMi 89)
La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad: "La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia". (RMi 90)
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